Klevra

Dividir la cuenta

A las once de la noche nadie quiere ponerse a echar cuentas.

Siete personas, cuatro rondas, un ticket y alguien que jura que no tocó la segunda botella. Son los peores cinco minutos de una noche por lo demás buena, y le caen al camarero que pase más cerca. Klevra se los quita a los dos.

Cómo va en la mesa

Quien quiere pagar abre la cuenta en su móvil y su parte ya está ahí: cada plato corre a nombre de quien lo pidió, así que no hay nada que seleccionar. Paga con su tarjeta y se vuelve a sentar. Si quiere invitar a alguien, añade lo de esa persona y paga las dos partes. El siguiente ve lo que queda y no el total original, así que dos personas no pagan la misma botella de vino y nadie carga en silencio con una ronda que no se bebió.

  • Cada plato corre a nombre de quien lo pidió, y de ahí sale tu parte sin que nadie la calcule.
  • Lo que se ha compartido se reparte entre quienes lo reclaman.
  • Una mesa larga puede llevar dos cuentas en paralelo, para dos grupos que no tienen nada que ver.
  • Quien se va antes paga lo suyo y se marcha. Lo que tomó desaparece del total de los demás.

Por qué por platos y no a partes iguales

Porque es lo que la gente elegiría. En un trabajo de Gneezy, Haruvy y Yafe publicado en The Economic Journal en 2004, el 80 % de los comensales prefirió pagar lo que había consumido antes que dividir la cuenta a partes iguales. Ese mismo estudio es la razón por la que no vendemos esto como una forma de facturar más: dividir a partes iguales es justo lo que infla una cuenta, porque nadie está gastando solo su dinero. Pagar por platos es lo justo, no lo rentable.

Quien quiere una sola cuenta sigue teniéndola

En muchas mesas hay alguien que invita, y eso no se ha complicado. Abre la cuenta, se la queda entera y paga una vez. Otros le dan la tarjeta al camarero en la barra como siempre, o pagan en efectivo, y de esos pagos Klevra no se lleva absolutamente nada.

Lo que tu equipo deja de hacer

La parte que odia. Ya no hay que plantarse en la mesa leyendo un ticket en voz alta, ni hacer cuatro viajes al datáfono, ni calcular cuánto es un tercio de un entrante compartido. La cuenta llega ya desglosada y ya atribuida. Queda la parte que de verdad es servicio.

Qué cuesta y qué no cambia

Dividir está en todos los planes, no es un escalón por encima. Desde 19 € al mes por local. De los pagos online nos quedamos entre un 0,5 % y un 1 % según el plan, y del efectivo y de las tarjetas que pasan por tu propio datáfono, nada. La propina se pide después del servicio y es voluntaria. Al cobrar, el ticket sale de tu propio TPV igual que hoy.

Una cuenta abierta deja constancia de lo que se ha pedido; no garantiza que alguien la pague. Klevra enseña quién tomó qué y cuánto queda pendiente, pero la mesa sigue al cuidado de quien esté de turno, igual que antes. No hay conexión directa con los TPV, así que la venta se sigue registrando a mano, una vez por mesa.

Esos cinco minutos incómodos pueden no ocurrir.

Te haces una cuenta, fotografías la carta y pones los códigos en las mesas.